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UNA CLASE DIFERENTE

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7 QMEV PROCESO DEL DUELO III - NEGOCIACIÓN



Aparece el dolor. Sientes que te recorre un calambre por todo tu ser. No lo quieres. Reniegas. Te revuelves contra él. Te enfadas, con él y con el mundo entero que no te lo quita. Huyes.

Huir y disfrazar el dolor es una salida fácil, aparentemente. Porque cuanto  menos dispuesto estés a afrontar el dolor que te toca, tu umbral de dolor bajará más y más y cada vez lo soportarás menos. Vamos, que vas encaminado a convertirte en un blando.

Lo que te llevará sucesivamente a que todo te vaya resultando cada vez más insoportable.



Buscas la salida fácil porque inicialmente percibes que supone un esfuerzo menor, pero en realidad estás sometido a un mayor desgaste porque la frustración acabará haciendo su aparición estelar a medio y largo plazo.

¿Por qué vas a frustrarte? Porque a pesar de todos tus esfuerzos por huir, finalmente te darás cuenta de que no has logrado alcanzar el estado de paz que deseas.



Además de la frustración por no alcanzar ese anhelado estado de paz, te darás cuenta de que tus inmensos esfuerzos en tu carrera de huída te están desgastando.

También te está generando nuevas heridas, porque  caes en adicciones que cada vez te encadenan más, relaciones personales confusas que no te ayudan a crecer ni a generar paz en tu interior y toda una espiral de acontecimientos y acciones que te alejan más y más de tu plan inicial.



Si tienes algo de fe en la existencia de Dios, empiezas a regatear con él. A pactar y negociar.

Es cierto, Jesucristo nos dijo: “Pedid y se os dará”  Pero, ¿Estás seguro de que le pides lo justo, lo sensato, lo esencial? Quizá te colocas ante Él como un niño caprichoso que exige que Dios realice un acto de “magia” y haga desaparecer todo dolor con un solo chasquido de dedos.

Y por supuesto, como no lo hace, te enfadas con él, incluso le amenazas y pones en duda su existencia.

Tu dolor, tu negación, tu ira, tu frustración son emociones. Ninguna emoción es peligrosa en sí misma. Tranquilo.

Lo negativo es quedarse anclado durante mucho tiempo en ella, es decir, adoptar el papel de víctima y que te recrees en eso.

Abrazar el papel de víctima es quedarte en un rincón lamiendo tus heridas. Dando vueltas a la misma rueca cerrada, sin salida, al mismo tema y de la misma manera, una y otra vez. Sin buscar la raíz, sin asumir la parte de responsabilidad que te corresponde afrontar, sin pretender hacer un esfuerzo de dar un paso valiente y audaz hacia adelante. Procurando la compasión de todo aquel que se cruza en tu camino.

Te quedas anclado en una actitud pasiva. Tú con tus ideas preconcebidas, cuadriculadas, estancadas, no te permiten fluir, adaptarte al medio, al espacio y al tiempo.

Exiges que sean los demás quienes actúen, quienes se adapten a ti y a tus circunstancias. Entonces llega otra profunda frustración porque ha

s tratado de imponer al mundo entero tu situación y tus ideas preconcebidas, pero ese mundo no lo quiere asumir ni quiere girar en torno a ti. Eso te enfada. Te enfada tanto que te pone a la defensiva ante cualquier comentario u opinión que trate de sacarte de tu círculo cerrado de victimismo.

Te has metido de cabeza en una depresión. Casi sin darte cuenta de cómo has podido llegar hasta allí.

Y una vez allí anhelas que todos estén al servicio de tus necesidades ya que estás realmente mal y sabes que necesitas ayuda. Es cierto pero,  ¡Piensa bien!  Hay cosas que sólo tú puedes hacer. Nadie está capacitado para ayudarte si previamente tú no pones las bases necesarias para  poder ser ayudado.

Es imposible   que alguien pueda alimentar a otro si el otro no abre la boca, por ejemplo. Tú debes poner de tu parte un esfuerzo inicial por romper cadenas y salir de tu percepción atascada y rígida de la realidad.

Después de “Pedid y se os dará” Jesucristo dijo: “Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá”

Esas dos frases te dan una clara idea de cómo es necesario que tú actúes. Que tú te muevas. Que salgas de la parálisis y te pongas en marcha. Busca, llama. No te canses.

El dolor no es infinito, también el dolor tiene un tiempo limitado. No es para siempre.

Busca, llama, haz del dolor una oportunidad para ser más fuerte, para adquirir recursos que te ayuden a soportar futuros dolores, molestias o tragedias.

No te quedes anclado, ni salgas huyendo. Busca, llama, ¡VIVE!

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